Emprendí este viaje desconociendo
cuando terminaría. Al principio iba casi desnuda, no tenía telas que taparan mi
piel blanca ni pensamientos ensortijados en los recovecos de los sesos. Poco a
poco fui adquiriendo firmeza, me cubrieron con ropas, me alimentaron en cuerpo
y alma, y así fui llegando a la edad adulta, con mis propias opiniones, con mis
gustos, mis rarezas, con mil deseos y experiencias. El viaje me ha enseñado
muchas cosas, y sé que me quedan muchas por aprender. He conseguido andar por
la vida en solitario, me siento segura y firme, con los pies en la tierra. He
comprendido que sé luchar, defenderme, caer, llorar, reir y volver a resurgir.
Y ahora sé que puedo ser feliz, porque valoro lo que soy y lo que tengo.
Aprecio a las personas y sé que los demás también pueden valorarme por lo que
soy. Sé que todo en esta vida no se puede tener a la vez, y por ello voy a
disfrutar de cada sentimiento que tenga en cada apeadero del camino, ya sea una
gran alegría o un lamento desgarrador. Y espero poder hacer todo ello con la
misma pasión con la que escribo, canto y leo.
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