viernes, 24 de febrero de 2012

Nuestro Jardín Secreto

-¿Quieres ver mi jardín secreto?- me preguntaste un domingo por la tarde que dejábamos escurrir adentrando los pies en el río. Me fascinó el brillo que refulgió en tus pupilas cuando me hiciste aquella pregunta. Yo no sabía que tenías un jardín oculto, y de repente me entraron unos deseos irrefrenables de conocerlo.
-¿Pero si me lo enseñas dejará de ser secreto, no?-te interrogué con la mirada.
-Yo tengo muchas ganas de mostrártelo, será el jardín secreto de los dos, pero tienes que prometer que pase lo que pase nunca revelarás ese lugar a nadie porque sería como violar mi intimidad.
-No te preocupes, jamás se lo contaré a nadie.
Sacamos los pies del agua y nos pusimos a caminar por la alfombra de hierba colgando los zapatos de la mano, a la espera de que el aire secara nuestra piel. Anduvimos unos diez minutos cuando me cogiste de la mano y me guiaste por un sendero que serpenteaba entre los olmos. Paramos un momento para calzarnos  y después seguimos la marcha. Al poco te paraste al final de un sendero que no tenía salida:
-Es aquí-. Entonces comenzaste a quitarte la ropa ante mi rostro enmudecido.
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Sueño inquieto


La cabeza me da vueltas, miro a mi alrededor pero no veo nada. Entonces me percato de que estoy tumbada en la cama con los ojos cerrados, durmiendo. De repente me veo desde fuera, es como si mi espíritu hubiera abandonado mi cuerpo para contemplarme. Intento mover los brazos pero no me responden, las piernas tampoco me obedecen, pero noto el miedo, el aliento de alguien que ronda cerca, su respiración en mi cuello. Aunque pudiera abrir los ojos, no quiero hacerlo, los aprieto fuerte, como si así el pánico fuera a disminuir. Estoy sudando, el corazón me late desbocado, y empiezo a sollozar a pesar de que no articulo sonido alguno. Siento unas manos que me zarandean por encima del edredón. Tengo que despertar, ¡Claro!, estoy soñando, tengo que despertar, pero no puedo abrir los ojos. En algún momento los abro. Resulta ser una falsa alarma, porque los he abierto en mi propio sueño. Ya no tengo miedo de la presencia que me aterrorizaba. Sin embargo surge en mí un nuevo terror peor que el anterior, tengo miedo de no poder despertar nunca, me he quedado atrapada en un bucle de mi fase rem: ¿Qué haré ahora toda la eternidad dando vueltas en la oscuridad sin llegar a ninguna parte? Esto es mucho peor que morirse, porque morir significa que todo termina, pero permanecer dormida así de esta manera, queriendo volver a la vida sin poderlo hacer, es tan angustioso. ¡Quiero despertar!, ¡quiero despertar!, creo que me moriré de un ataque de pánico. De repente hago un esfuerzo tremendo para abrir los ojos y lo consigo, estoy en mi cama, en mi habitación. Me llevo la mano a la nuca, tengo el pelo empapado, y el pulso completamente acelerado.
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