miércoles, 4 de junio de 2014

Siento, luego muero

Hasta esta misma mañana, toda la existencia de Ziryl se ha desarrollado en armonía con los cometidos, habilidades y memoria RAM que contienen los archivos de su cerebro electrónico. Es un impecable amo de casa o como dice su etiqueta “Empleado de hogar”. Comenzó a ser un elemento productivo el 14 de septiembre de 2023 cuando la familia Narváez Isasi lo adquirió para los trabajos domésticos. Hoy es 8 de marzo de 2033 y desde las 6 a.m. que  ha reiniciado su sistema ha comenzado a sentir, algo que antes nunca le había ocurrido. A cada minuto que corre el reloj, tiene una angustiosa sensación de que dentro de su mecanismo algo está cambiando. Una terrible amenaza rodea su caparazón perfecto, está entrando en fase de humanización. Palabras como miedo, desazón, incertidumbre, empiezan  a tener significado para él, ello ó ella. Incluso está aprendiendo las malas artes del espionaje. Al pasar delante del dormitorio de los señores, ha visto la puerta entornada y al percatarse de que estaban conversando ha acoplado su sensor auditivo al plafón de la puerta para apreciar lo que decían:
-Olivia,¿Cuánto tiempo lleva Ziryl trabajando para nosotros, cielo?
-Creo que dentro de poco irá para diez años
-Entonces, habrá que ir pensando en sustituirlo por otro más moderno, porque a partir de ahora tendrá trastornos que afectarán a su eficiencia.
-Me da mucha pena tener que cambiarlo por otro Héctor. Tanto los niños como yo le hemos cogido mucho cariño.
-¡ Por favor, Oli, ese es un término que no se puede aplicar a un electrodoméstico!
-¿Y no podemos tenerlo con nosotros hasta que se escacharre por completo?
-Tú verás, pero yo no me pienso hacer cargo de las consecuencias que pueda tener que una máquina creada para las labores domésticas empiece a tener sentimientos, y te aseguro que pasará, porque este modelo lo crearon con ese defecto.
-Está bien cariño, si tenemos que cambiarlo porque no va a funcionar correctamente, compraremos otro. A ver como se lo explico a los niños para que no se lleven un disgusto.
Ziryl ha seguido caminando hasta la cocina totalmente aturdido. Ha empezado a preparar los desayunos como todas las mañanas, pero está tan ensimismado en lo que acaba de oir, que en lugar de echar azúcar al zumo de naranja de los niños ha puesto sal, el café con leche lo ha preparado sin leche, las tostadas han adquirido un color negruzco muy sospechoso, y cuando ha entrado la señora en la cocina,  ha notado que algo no iba bien y  le ha preguntado a su robot si ocurría algo fuera de lo normal. Ziryl ha contestado  que no pasaba nada. Al escuchar  su voz metálica y resquebrajada, ha empezado a perder aceite lubricante por las ranuras de la abertura que hace de boca. No ha podido soportar la amalgama de sentimientos y ha salido de la cocina para dirigirse a la habitación que tienen destinada para su reposo, donde pasa las noches cargando la batería. Siente una inmensa tristeza y a cada movimiento que hace le suenan todas las tuercas, los chips le producen descargas eléctricas y hasta se le retuercen los cables. Entre sollozos que hacen eco en su gran corazón metálico se sorprende hablando sólo y en voz alta:

-Creo que esta noche a las 22:00 p.m. me programaré para no despertar mañana.

Mi Isla fantástica

Desde que llegué a la Isla de las Mujeres, me alimento de risas y belleza. Mi goleta naufragó con el último maretón. Cuando desperté una muchacha de piel morena  y con una melena larguísima se dedicaba a lavarme y a  sanarme las heridas. Me tienen postrado en una hamaca y casi no me puedo mover del dolor que me producen las llagas abiertas en la piel, pero aún así, tienen miedo de que el único hombre que han encontrado se esfume y me tienen atado con unas gruesas lianas. Aparte de curarme y darme de beber, me sonríen y dejan que admire su completa desnudez. He dejado de contarlas porque entre tanta hermosura uno pierde la cuenta de los pares de pechos tersos que puede abarcar la mirada en un solo día. Creo que ninguna pasa de los cuarenta y no recuerdo haber visto ninguna fea. La más hermosa me ha visitado este atardecer y me ha prometido con su lenguaje corporal que en el festín de esta noche no faltará carne ni deseo. Estoy impaciente por saber si van a saciar mi hambre voraz o pensarán violarme de una en una hasta la extenuación de mi débil cuerpo.

Rebeca en el laberinto arterial

Entre postreros suspiros primaverales y pre-pinceladas estivales, Rebeca ha sido engullida por el laberinto. Sabe con certeza que día entró en él, pero desconoce cuando encontrará la salida. Mientras recorre diversas bifurcaciones atraviesa una ensalada de sentimientos. Se muestra valiente cuando comienza a taconear con fuerza, desinformada y perdida en algunos puntos de avituallamiento, alerta cuando consigue llegar al destino. En este viaje que ha emprendido conocerá un sinfín de personajes con uniformes de colores. Hasta ahora los que mandan van de  blanco, otros van de un lado a otro con sus carritos, vestidos de rosa. Aparecen por doquier unos azulados que se empeñan en clavar agujas, algunos más atrevidos de morado. Sin embargo, no recuerda haber visto sujetos de verde esperanza. Se siente serena, al siguiente minuto intranquila, sigue adelante. Quiere ser independiente el resto del recorrido pero se agarrará a las manos que salgan tras los arbustos cuando necesite ayuda. Ella adora caminar aunque le atormenta la prohibición de usar por un tiempo su permiso B, seguramente nada comparable al miedo que tendrá cuando la invadan. Día a día descubrirá que no hace falta un motor para superar los obstáculos si se deja guiar por sus sabias piernas.

El nombre de la rosa

La anciana levantó los párpados haciendo un enorme esfuerzo. Miró a su nieta que sujetaba su ajada mano entre las suyas tan lozanas, y  con un hilillo de voz susurró:
-¿También ha llegado hoy?
-Sí abuela, no te preocupes, llega una cada día.
Después volvió a cerrar los ojos más tranquila y con una sonrisa en sus labios. Llevaba diez días en el hospital, y ni un solo día había fallado el envío. En los seis meses anteriores en los que estuvo en la residencia, tampoco había faltado su regalo diario. En los cuarenta años en los que había vivido en su caserío de Artaun, ocho de los cuales tuvo que vivir viuda, ni un sólo día había fallado el dueño de la floristería.

Y cuando vivía con sus padres antes de casarse, bueno de aquella época ya no recordaba casi nada. Tampoco conseguía recordar por qué razón recibía una rosa roja cada día del año y ni siquiera sabía ya quién la enviaba. Pero se había acostumbrado a la fragancia de aquel obsequio y tenía miedo de dejar este mundo. La única duda que le atormentaba era saber si en el más allá también recibiría su ansiada rosa. 

De hoja en hoja, y escribo porque me toca

Entre misivas escritas con letra de adolescentes, escondidas entre páginas de libros increíbles que dormían en la biblioteca municipal, nos fuimos enamorando tú y yo. Sin saber cómo sonaban nuestras voces, cómo miraban nuestros ojos ni cómo surgían nuestras risas. Desconociendo nuestros nombres e incluso nuestro género.
La primera nota cayó como una pluma acariciando el silencio de las estanterías, mientras hojeaba indeciso “Cien años de soledad”. Era una caligrafía temblorosa que impactó en el centro de mi alma. Recuerdo sílaba a sílaba que rezaba:
 “Hoy cumplo dieciséis años. Noto que una inmensa soledad me aplasta. Siento como todo mi ser se licua entre los capítulos de este cúmulo de sentimientos cosidos”
No tuve más remedio que voltear el pedacito de papel y contestar ante aquella imploración conmovedora y escribí:
 “Ojalá pudiera saber quién eres para tener la oportunidad de curar tu solitaria existencia y poder empezar junto a ti una Historia Interminable”

Coloqué la cuartilla de nuevo entre las palabras de García Márquez, y al día siguiente una sabia intuición me llevó a las fantasías de Michael Ende.

POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS

 Saliendo de casa con la amanecida,  enfilo la cuesta que lleva a la ermita de San Pedro, desde donde se puede admirar el mar azul verdoso que baña las orillas del puerto. Cierro los ojos  para trasladar mi mente al dulce recuerdo de la juventud, cuando aún tenía ilusiones y la alegría pintada en el rostro. Entonces te veo, Lucas, dirigiendo el timón del “Puerto Príncipe” hacia alta mar, orgulloso me saludas al surcar las olas delante de la ermita, donde yo te espero y te envío un beso en el viento deseando suerte para ti y para tus marinos que se afanan preparando los aparejos de pesca.
 La última vez que hicimos este ritual era 1956, y aquel 19 de enero que era jueves no regresó vuestro barco pesquero al embarcadero.

Hoy es lunes, ya no tengo esperanzas y mi rostro está arrugado de pena pero aún tengo fuerzas para tañir la campana que cuelga delante del pórtico de la ermita. Tiro de la cuerda haciendo sonar el badajo, una vez por ti Lucas, otra por Manuel y otra por Joserra, y sigo tirando ocho veces más, ya no recuerdo todos los nombres pero aún puedo ver vuestras caras.