Daniel permanecía
en bambalinas proyectando películas de cine de barrio. Soportaba el calor
sofocante que desprendían las máquinas. Empalmaba rollos de celuloide.
Colocaba bobinas en placas de aluminio y obligaba a los fotogramas
a deslizarse entre rodillos. Acoplaba el rostro al ventanuco para ver
espectadores hipnotizados por la pantalla atravesando sus ojos una fina niebla
de nicotina que pululaba en el ambiente. Soñaba con ver su rostro en el toldo
blanco. Algunas escenas podía doblarlas de tantas veces que las había visto.
Un viernes de
estreno llegó a sus manos una nueva película: “Alien, el octavo pasajero”. El
trailer prometía sobresaltos varios. Se dispuso a verla antes de mostrarla al
público vespertino.
Durante los
primeros quince minutos la trama ya le tenía atrapado. A medida que los
protagonistas de la nave espacial iban siendo aniquilados, el miedo invadía sus
entrañas. Cuando ya sólo quedaba Sigourney Weaver en la pantalla, de repente la
proyección se atascó, sintió un aliento nauseabundo en la nuca, una garra le
arrancó de la silla y la luz del proyector le quemó en la retina cuando fue
subyugado por la lente.
Desde entonces vive su sueño atrapado en el reflector haciendo labores
de actor de reparto