lunes, 8 de septiembre de 2014

Hola Ama

Hola Ama:
Sí, soy yo. Tu hija. Estoy aquí en medio del bosque, en aquella cascada que un día te mostré, la del Rio Asón, ¿te acuerdas? Tú nunca fuiste muy buena para recordar los nombres de los lugares. Hoy es domingo y como hace un día estupendo me apetecía caminar por un paraje esbelto. Se me ha ocurrido venir aquí, aunque creo que no ha sido buena idea. Me han venido a la memoria aquellos días de nuestras vidas que pudimos compartir en la montaña, en la naturaleza, en el único sitio donde dejábamos de discutir y donde el humor siempre era bueno. Es un alivio estar sola, porque he roto a llorar y esa es una de las actividades que hago mucho mejor en soledad. Lloro porque hubo un tiempo en que conseguimos ser felices, lloro porque ya no podré verte nunca más ni siquiera para echarte la bronca porque comes poco, lloro porque no recuerdo que fuera capaz de abrazarte y decirte lo mucho que te quería. De todas formas, aunque triste aquí estoy tranquila, lo peor es volver a casa, porque allí ni siquiera tengo paz, y la protección de la naturaleza resulta entonces inalcanzable.

YO , ARDILLA

Paso la mayor parte del tiempo correteando por los troncos de los robles y de las hayas. Me encanta pasar la mañana saltando de copa en copa, emborrachándome con los olores de los pinos. A veces descanso un momento sobre la rama de un abeto para escuchar el canto del petirrojo. Aunque no puedo despistarme y aguzo el oído por si se acerca algún animal no bienvenido. Cuando aprieta el hambre busco bellotas, nueces, cualquier alimento que pueda sacar de la vegetación o que esté caído en el suelo. Lo llevo firmemente entre mis manos de ardilla y ágilmente alcanzo uno de los agujeros que algún pájaro carpintero diseñó para dar cuenta del festín. Tengo unos dientes afilados y largos que pueden abrir cualquier cáscara que recubra los frutos. No se me resiste nada. Después vuelo de árbol en árbol buscando algún amigo para jugar. Y me encuentro felizmente con una comadreja. Ella alaba la forma de mi cola peluda y mullida que me guía en  el aire, y yo le cuento las últimas novedades de las alturas.

MI BOSQUE MAGICO

Hace un día maravilloso. Luce el sol en lo alto del cielo azul. La temperatura otoñal magnífica. Entre los árboles del bosque tomo refugio de las banalidades de la vida cotidiana y artificial. El verde intenso del musgo que cubre las rocas blancas y el silencio sólo roto por los pies que se dejan arrastrar por la hojarasca, me transmiten una paz que penetra por todos los poros de la piel. Me siento feliz, y libre de saber disfrutar de esta naturaleza extrema que abarco por los cuatro puntos cardinales. Los árboles pelones de sus hojas  protegen de los rayos de luz del mediodía y puedo apreciar colores que nunca podré capturar con un pincel y unas acuarelas. Rojo, marrón, verde, amarillo, anaranjado. Si no fuera por las marcas que algún buen samaritano pintó en las piedras no sería capaz de salir de este laberinto, pues el paisaje del bosque se confunde fácilmente y termina por parecer todo igual, pero no tengo miedo, los pies buscan el camino, si de repente se equivocan, se detienen, las pupilas otean el horizonte y de nuevo encuentran la pista, y de nuevo las piernas cogen el ritmo.

ROSAS Y RISAS, ESPINAS Y LAGRIMAS

Le encantaba tenerme entre flores, como si fuera la mejor planta de la huerta. Siempre regándome, como si estuviera todo el día en la UCI.
Al principio yo era un capullo que empezó a florecer bajo sus cuidados. Luché contra él y conmigo misma, tapándome con un paraguas agujereado que no servía ni para defenderse del sol.
En la continua batalla del día a día  yo me mojaba , me mojé tanto que me empapé, y con el peso de la lluvia en mi epidermis fui haciéndome más débil, más suave, más frágil, hasta convertirme en un espectro con ojeras que se atormentaba porque le habían creado la necesidad del amor y del cariño.
Su objetivo era conquistarme, y lo consiguió. Cuando cumplió su sueño, despertó y entendió que tenía que desarmarse y tirar la regadera para que yo pudiera seguir creciendo como persona y riendo sin limitaciones.

En el kilómetro 117 de la N-634

Habitación 102
Saúl, intenta consolar su ánima postrada en la cama en posición fetal, aferrada a una almohada que absorbe sus continuos sollozos. Su alma ha comenzado a errar. Le aterroriza acabar en el infierno.

Habitación 203
René, se coloca un sombrero de gángster para esconder su alopecia .Es la única forma de excitar a su mujer. Mientras tanto, ella se acopla las protuberancias que hacen la vez de sus senos franceses. Sin ellos no consigue que su marido tenga erección alguna.

Habitación 304
Candela está frente al espejo, deteniéndose en cada surco grabado en su rostro de tantas lágrimas que lo han recorrido. Ha abandonado un matrimonio alimentado de insultos  que la ha torturado durante catorce años. Al amanecer  quiere convertirse en payaso para no dejar de reir. Saldrá del hotel con una peluca rizada y naranja, con una sonrisa forzada y pintada, con unos zapatones rojos con los que tendrá que aprender a caminar.

Recepción

Raquel acaba de registrarse firmando en el libro de huéspedes. No tiene intención de pagar. Ha elegido la habitación más cara para su estancia. Su maleta guarda todos los ingredientes para una fiesta pirómana que tiene prevista hacia las tres de la madrugada. 

EL PADRE TRANQUILO

Una noche de luna llena comenzó tu metamorfosis. Noté como se desprendía la M de tu nombre y grité: “Mierda”. Se me vino el mundo encima. Comprobé que aún podíamos disfrutar de cinco letras más. Surgió de nuevo en mí la esperanza. Me armé de valor, paciencia y resignación para asumir el declive y afrontar el desvanecimiento de tu onomástica. Ver como te debilitabas día a día fue de una tristeza excesiva. Tú, siempre tan impetuoso, guerrero y con la fortaleza de un roble. Ojalá, tu madre te hubiera bautizado con un nombre compuesto y larguísimo, pero se empeñó en homenajear al santo que te tocó un 17 de junio.
Cada mes se llevaba una letra. Octubre se quedó con la E y cuando ya apenas se leía la L, tenía la impresión de estar con un niño que aún no tenía recuerdos instalados en la memoria. La única forma de que me reconocieras era encendiendo el DVD. Entonces te brillaban los ojos y me decías: “Hija, pero si ese es John Wayne, con la pelirroja, y el puente de Innisfree, que bonito.”

Y yo, hecha un mar de lágrimas abrazaba a aquel hombre tranquilo.