Se percibió ajena,
como si no debiera estar allí, pero no tenía tiempo para pensar. Saltó de la
litera al escrutar por el ojo de buey que estaba sumergida a bordo de un
barco. Al contactar los pies en el suelo, el agua helada la mordió dejándola
sin respiración. Abrió la puerta y salió al corredor. Con gran histeria y
elegancia los viajeros corrían hacia la cubierta principal. Se dejó arrastrar
escaleras arriba a trompicones. La mayoría del pasaje se apiñaba hacia
estribor. La tripulación repartía chalecos salvavidas. Podía oír una música de
fondo emanada de un violín. Un muchacho le gritó: ¡Vayamos hacia la proa del
barco, allí estaremos más seguros! Completamente aturdida y falta de
conocimiento alguno sobre naútica, se dejó llevar del brazo hacia la
parte más alta del transatlántico. Sin mediar palabra, permanecieron
abrazados mientras el miedo respirado se congelaba en la oscuridad. Cerró
los ojos apretándolos con fuerza y a continuación un estallido de aplausos la
despertó.
De frente,
sus ojos podían contemplar varias filas de espectadores. Y un hombre a su
lado le preguntó:
-¿Dónde ha estado
usted?
Ella contestó con
la ropa aún mojada:
-En el camarote 115 del Titanic
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