-¿Pero si me lo enseñas dejará de ser secreto, no?-te interrogué con la mirada.
-Yo tengo muchas ganas de mostrártelo, será el jardín secreto de los dos, pero tienes que prometer que pase lo que pase nunca revelarás ese lugar a nadie porque sería como violar mi intimidad.
-No te preocupes, jamás se lo contaré a nadie.
Sacamos los pies del agua y nos pusimos a caminar por la alfombra de hierba colgando los zapatos de la mano, a la espera de que el aire secara nuestra piel. Anduvimos unos diez minutos cuando me cogiste de la mano y me guiaste por un sendero que serpenteaba entre los olmos. Paramos un momento para calzarnos y después seguimos la marcha. Al poco te paraste al final de un sendero que no tenía salida:
-Es aquí-. Entonces comenzaste a quitarte la ropa ante mi rostro enmudecido.
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