A veces me gustaría volver a aquellos años en los que podíamos ir al cine a ver una película sin que nos molestara un espectador que estuviera hablando por el móvil. Cuando uno podía ir a los funerales sin tener que pasar vergüenza ajena porque en medio de la misa sonaba una melodía que acusaba a alguno de los presentes. Cuando podías tomar una caña con los amigos y mantener una conversación cara a cara y no cara a Iphone. Volver a sentir esa emoción al coger del buzón sobres blancos estampados con nombres de pueblos españoles que contenían las cartas manuscritas de mis amigas; cuando desenfundaba maravillosos discos de vinilo y posaba la aguja sobre los surcos negros que desprendían canciones que serán eternas; cuando abría el cassette para dar la vuelta a la TDK porque se había acabado la cara A.
Supongo que la cara A de mi vida toca a su fin y ahora debería de cambiar a la B, pero me da mucha pereza. Por eso de vez en cuando pulso el botón de rebobinar y si la cinta se engancha, hago rodar un Boli bic sobre la ruedecilla dentada hasta que vuelve a su lugar
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