Una noche de luna llena comenzó tu
metamorfosis. Noté como se desprendía la M de tu nombre y grité: “Mierda”. Se
me vino el mundo encima. Comprobé que aún podíamos disfrutar de cinco letras
más. Surgió de nuevo en mí la esperanza. Me armé de valor, paciencia y
resignación para asumir el declive y afrontar el desvanecimiento de tu
onomástica. Ver como te debilitabas día a día fue de una tristeza excesiva. Tú,
siempre tan impetuoso, guerrero y con la fortaleza de un roble. Ojalá, tu madre
te hubiera bautizado con un nombre compuesto y larguísimo, pero se empeñó en homenajear
al santo que te tocó un 17 de junio.
Cada mes se llevaba una letra.
Octubre se quedó con la E y cuando ya apenas se leía la L, tenía la impresión de
estar con un niño que aún no tenía recuerdos instalados en la memoria. La única
forma de que me reconocieras era encendiendo el DVD. Entonces te brillaban los
ojos y me decías: “Hija, pero si ese es John Wayne, con la pelirroja, y el
puente de Innisfree, que bonito.”
Y yo, hecha un mar de lágrimas
abrazaba a aquel hombre tranquilo.
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