Martín, cuando no está estudiando, ni jugando con sus amigos
en el parque , ni ejercitando los pulgares con la PSP, se dedica a quitar
trocitos de cielo con las tijeras que usa para hacer manualidades. Después,
coge una cubeta, la llena de agua y deja en remojo los pedazos durante quince
minutos. Cuando el azul celeste se ha diluído, empapa un pincel en la solución,
y con mucho cuidado para no salpicar, se coloca en frente del espejo y comienza
a tintar su iris, con exquisito temple para no azular el blanco de sus ojos.
Al atardecer ha quedado con su amor. Cuando se encuentran en
el bosque, Margarita se abalanza entre sus brazos, y se zambulle en el océano
iridiscente que la hipnotiza cuando él la mira. El, hunde su nariz en la melena
recién alisada de ella, y aspira todo el aroma que hace un rato ha impregnado
por todo su cuerpo, con el vapor del cocido de pétalos de rosa que ha elaborado
vespertinamente. Embriagados por la mezcla de los sentidos van despojándose de
sus armaduras textiles, hasta quedar solapados piel sobre piel, poniendo en
peligro los polos terráqueos que comienzan a derretirse con tanta fogosidad.
Hola Yamilet te vi en Esta noche te cuento, y he venido a tu blog.
ResponderEliminarEs una historia muy bonita, quitar trocitos de cielo, y diluirlos. Sin embargo es inquietante, y además con la fogosidad de su amor ¡nos van a inundar el mundo al derretir los polos!.
Te felicito por tu imaginación. Besos.