Apareció por Navidad, con su maleta rosa, un gabán de cuero
negro, el vestido de lentejuelas que cubría a ras su firme pompis, unas botas
que ascendían un palmo por encima de la rodilla, y sus guantes de print animal
haciendo juego con el bolso. Se anunció con un alegre: -¡Ya estoy aquí!- sin
grandes aspavientos.
Mi suegra salió en
plan Fórmula 1 de la cocina para estrecharla con un abrazo guarnecido de
lágrimas de emoción. Volvía a tener en casa a la hija que hacía más de un año no veía desde que marchara a New York.
–¡Adela , ya ha
llegado tu hermana!
Nos levantamos del sofá para recibirla.
- Ven cariño, te presento a mi hermana.-Adela tironeó de mi
jersey para animarme a saludarla.
Dejó la maleta en el suelo y dedicándome una sonrisa magnífica
me clavó una mirada felina de ojos verdes imposible de eludir.
-Encantado de conocerte cuñado- me propinó un par de besos y
me hizo un guiño juguetón que me dejó temblando hasta los boxers.
-Es un placer conocerte cuñada.
No podía creerlo, por fin el Olentzero me había traído el
regalo que tanto tiempo llevaba yo pidiendo año tras año.
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