Me acostumbré rápido a tu venir
de los viernes y tu marchar de los
domingos. Venías con el Gautxori de Arangoiti a Bilbao. Te recibía con un
abrazo de pulpo de cuatro patas y buscabas mi oreja entre la melena alborotada
susurrándome: “Gautxori mío”. Te gustaba apelarme así porque yo era tu pequeño
pájaro nocturno al que cuidabas y dabas de comer los fines de semana,
alimentándome con enormes dosis de amor, cariño y placer que luego tenía que
administrar para el resto de la semana.
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