Entre misivas escritas con letra
de adolescentes, escondidas entre páginas de libros increíbles que dormían en
la biblioteca municipal, nos fuimos enamorando tú y yo. Sin saber cómo sonaban
nuestras voces, cómo miraban nuestros ojos ni cómo surgían nuestras risas. Desconociendo
nuestros nombres e incluso nuestro género.
La primera nota cayó como una
pluma acariciando el silencio de las estanterías, mientras hojeaba indeciso
“Cien años de soledad”. Era una caligrafía temblorosa que impactó en el centro
de mi alma. Recuerdo sílaba a sílaba que rezaba:
“Hoy cumplo dieciséis años. Noto que una
inmensa soledad me aplasta. Siento como todo mi ser se licua entre los
capítulos de este cúmulo de sentimientos cosidos”
No tuve más remedio que voltear
el pedacito de papel y contestar ante aquella imploración conmovedora y
escribí:
“Ojalá pudiera saber quién eres para tener la
oportunidad de curar tu solitaria existencia y poder empezar junto a ti una
Historia Interminable”
Coloqué la cuartilla de nuevo
entre las palabras de García Márquez, y al día siguiente una sabia intuición me
llevó a las fantasías de Michael Ende.
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