Saliendo de casa con
la amanecida, enfilo la cuesta que lleva
a la ermita de San Pedro, desde donde se puede admirar el mar azul verdoso que
baña las orillas del puerto. Cierro los ojos
para trasladar mi mente al dulce recuerdo de la juventud, cuando aún
tenía ilusiones y la alegría pintada en el rostro. Entonces te veo, Lucas,
dirigiendo el timón del “Puerto Príncipe” hacia alta mar, orgulloso me saludas
al surcar las olas delante de la ermita, donde yo te espero y te envío un beso
en el viento deseando suerte para ti y para tus marinos que se afanan
preparando los aparejos de pesca.
La última vez que
hicimos este ritual era 1956, y aquel 19 de enero que era jueves no regresó
vuestro barco pesquero al embarcadero.
Hoy es lunes, ya no tengo esperanzas y mi rostro está
arrugado de pena pero aún tengo fuerzas para tañir la campana que cuelga
delante del pórtico de la ermita. Tiro de la cuerda haciendo sonar el badajo,
una vez por ti Lucas, otra por Manuel y otra por Joserra, y sigo tirando ocho
veces más, ya no recuerdo todos los nombres pero aún puedo ver vuestras caras.
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