Desde que llegué a la Isla de las
Mujeres, me alimento de risas y belleza. Mi goleta naufragó con el último maretón.
Cuando desperté una muchacha de piel morena
y con una melena larguísima se dedicaba a lavarme y a sanarme las heridas. Me tienen postrado en
una hamaca y casi no me puedo mover del dolor que me producen las llagas abiertas
en la piel, pero aún así, tienen miedo de que el único hombre que han
encontrado se esfume y me tienen atado con unas gruesas lianas. Aparte de
curarme y darme de beber, me sonríen y dejan que admire su completa desnudez.
He dejado de contarlas porque entre tanta hermosura uno pierde la cuenta de los
pares de pechos tersos que puede abarcar la mirada en un solo día. Creo que
ninguna pasa de los cuarenta y no recuerdo haber visto ninguna fea. La más
hermosa me ha visitado este atardecer y me ha prometido con su lenguaje
corporal que en el festín de esta noche no faltará carne ni deseo. Estoy
impaciente por saber si van a saciar mi hambre voraz o pensarán violarme de una
en una hasta la extenuación de mi débil cuerpo.
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