La anciana levantó los párpados
haciendo un enorme esfuerzo. Miró a su nieta que sujetaba su ajada mano entre
las suyas tan lozanas, y con un hilillo
de voz susurró:
-¿También ha llegado hoy?
-Sí abuela, no te preocupes,
llega una cada día.
Después volvió a cerrar los ojos
más tranquila y con una sonrisa en sus labios. Llevaba diez días en el
hospital, y ni un solo día había fallado el envío. En los seis meses anteriores
en los que estuvo en la residencia, tampoco había faltado su regalo diario. En
los cuarenta años en los que había vivido en su caserío de Artaun, ocho de los
cuales tuvo que vivir viuda, ni un sólo día había fallado el dueño de la
floristería.
Y cuando vivía con sus padres
antes de casarse, bueno de aquella época ya no recordaba casi nada. Tampoco
conseguía recordar por qué razón recibía una rosa roja cada día del año y ni
siquiera sabía ya quién la enviaba. Pero se había acostumbrado a la fragancia
de aquel obsequio y tenía miedo de dejar este mundo. La única duda que le
atormentaba era saber si en el más allá también recibiría su ansiada rosa.
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